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EL JABALÍ DE LA MEDIA LUNA*
Adriano Corrales Arias**
Tiene que ser hoy, pues ya mañana usted se regresa Compañero. Sí, mañana de nuevo a las clases en la universidad, corte y confección de las palabras, destace de las vacas sagradas, enderezado y pintura de sinestesias, símiles y metáforas. Sí, regresar a lo de siempre luego de una gira paréntesis que de alguna manera te renueva, te fortalece.
Eran justo las diez de la mañana. Preguntamos por el / la periodista. Nos indicaron la ruta hacia una oficina en la segunda planta. Allí nos recibió una redactora joven y simpática. Si no es por eso no habría soportado las preguntas de siempre: cuándo empezó a escribir, por qué escribe, para quién escribe, preguntas genéricas, asépticas, de alguien que nunca ha leído una línea de lo que has escrito. Pero hay que cumplir con el espantoso ritual para que mañana nadie lea la entrevista. Mañana será domingo, todo mundo leerá las revistas con la liviandad de su tinta fresca y claro, el fútbol, pero eso será, por supuesto, en la televisión. Si al menos fuera una entrevista en vivo para la televisión, pero eso muy poco se da en estos días de farándula y lentejuela. No, no sale mañana, indica la joven y simpática periodista, saldrá hasta el próximo domingo.
Salimos alrededor de las 11 de la mañana. Gina no había llegado al punto de encuentro. Esperamos cerca de 15 minutos. Supusimos que ya habría pasado. Aprovechamos entonces para visitar la librería cercana de la Universidad Tecnológica. Literatura técnica, algún que otro garcíamarquez con un par de nerudazos y muchos isabelallendazos. Por aquí y por allá algo de literatura nacional. Mucha autoayuda e inundaciones de Cohello. Nada que ver. Regresamos. Alfredo propuso algo más práctico: Usted se marcha en un bus a la casa de Gina mientras yo voy a la mía a cambiarme, no puedo asistir al recital en esta facha, luego paso a recogerlos, mientras tanto almuerzan. Yo le indico cuántas paradas, este bus va directo por la misma avenida, para justo frente a la casa de ella.
No viajábamos tantos pasajeros. Iba reconociendo la ciudad por la ventanilla. Edificios, casas, pequeñas alamedas, patios, casas, edificios... De pronto una mujer cae resbalando oníricamente por la escalinata principal de un edificio, sus enaguas se levantan, no puedo contener una sonrisa por aquél extraño deslizamiento. Pero su rostro desfigurado por el terror, miraba hacia arriba. Ascendí por el edificio, entonces constaté que se bamboleaba como un péndulo. Comenzaron a caer pedazos de concreto. El bus se detuvo con un frenazo. ¡Está temblando, está temblando!, gritaba una señora a mi lado. Sí, está temblando, decía el chofer, pero tranquilos, tranquilos, recuerden que bajo la ciudad hay un gran lago, siempre lo hemos sabido, cualquier día nos hundimos... En ese momento, no sé por qué, recordé a Manlio Argueta: El Valle de las Hamacas... El autobús empezó a saltar y a deslizarse lentamente hasta quedar atravesado en media avenida. Un golpazo nos avisó que un auto había chocado por el otro costado. La gente corría, gritaba. Decidí bajar. La tierra se movía trepidantemente, el mundo caía en pedazos, casi un minuto de terremoto.
Eché a andar avenida abajo. Las sirenas ensordecían fúnebremente el mediodía. Muchas personas en las esquinas derruidas, o en las aceras resquebrajadas, trataban de llamar inútilmente desde alguna casetilla pública, o por un teléfono celular. Caminé y caminé. La gente corría alrededor. Arriba un pálido disco blanco partido a la mitad se iba cubriendo lentamente por el inmenso hongo de polvo que se levantaba detrás de El Jabalí. Llegué hasta el campus universitario. Me percaté de que marchaba sin rumbo. ¿Hacia dónde iba? Estar en otro país en medio de un terremoto trasciende el terror del mismo. ¿A quién llamar? ¿A cuál casa acudir? Estás solo, absolutamente solo ante el dolor y la consternación de los demás. Regresé instintivamente tratando de encontrar la dirección de Gina. Transeúntes enloquecidos. Un grupo de mujeres arrodilladas orando, implorando: ¡Santo, Santo, hágase tu voluntad...!
Al fin encontré la calle del edificio de apartamentos. Ella me observó desde el segundo piso. Bajó emocionada a mi encuentro. Pero la calle hervía en una agitación inusitada. Frente al edificio de mi amiga quedaba el Hospital de Niños. Lo estaban desalojando. Niños en camillas recién operados o en plena intervención quirúrgica. Niños quemados, madres en busca de sus hijos, enfermeras, paramédicos, transportando camillas, heridos, medicinas, gritos, llantos. Dantesco. Gina propuso ayudar a la evacuación, pero un médico, Jefe de Emergencias o algo así, dijo que no era necesario, ellos estaban suficientemente organizados. ¡Preocúpense de ustedes, de sus vecinos! Subimos al apartamento. El edificio no había sufrido grandes daños. De hecho solamente cayeron adornos, comestibles, libros y algunas otras pequeñas cosas, pero daños en las paredes, puertas o ventanas, no se detectaban. Propuse llamar a Alfredo o a Otoniel, organizador del recital programado para esa tarde. Algunas líneas telefónicas no funcionaban. Afortunadamente el celular de Gina sí. El teléfono en casa de Otoniel también. Me informó de los daños en el resto de la ciudad. En el sitio donde se iba a celebrar el Recital hubo un derrumbe enorme, el deslave de un cerro sepultó cientos de casas. Otoniel sugiere que mejor abandonemos este edificio por seguridad, no se conocen los daños estructurales. Si quieren pueden venirse a mi casa. En ese instante se vino la primera réplica. El edificio moviéndose, crujiendo, como un puente de hamaca. Tiré el teléfono. Salí corriendo. No podía bajar las gradas, trepidaban, resonaban espantosamente. Por fin en la calle me percaté que Gina se había quedado dentro. Estaba en el baño.
Frívolas disculpas por abandonarla intempestiva, cobardemente. Acordamos ir al hotel. No corrían buses ni taxis. Caminamos. El ejército y la policía se desplegaban para evitar saqueos que ya, también, se habían iniciado. Edificios deteriorados, casas de adobe y madera caídas. Hormiguear de la gente: unos en busca de sus familiares y propiedades, de alicientes. El hotel, detrás del estadio Flor Blanca, se mantenía en pie. Ingresamos. Ir y venir de gentes, turistas asustados, empleados desesperados buscando, transportando maletas y enseres. En la Recepción me dijeron que estaban evacuando el hotel, temían que estuviese falseado. Los trasladaremos a otro de la misma cadena hotelera en las afueras de la ciudad, estamos incomunicados, el aeropuerto ha sufrido muchos daños, lo han clausurado. Es posible que deba esperar varios días para salir del país, puede sacar sus pertenencias con ayuda del botones, esperar el transporte. Primero un buen trago, sugerí, luego veremos. Pero el bar y el restaurante estaban cerrados. Decenas de vasos y copas rotas, botellas destrozadas derramando su precioso líquido. Los empleados afanándose en la limpieza. De pronto la segunda réplica. Fuerte, muy fuerte. Todos de nuevo a las calles. El corazón palpita de manera diferente. A lo lejos El Jabalí se difuminaba en una espesa nube de humo y polvo. No era un terremoto sino un enjambre de terremotos. El Juicio Final.
A regañadientes, escoltado por un empleado del hotel y por Gina, ascendí al quinto piso. Recogí con presteza las maletas. Días después reparé en el olvido de los libros, en especial la primera edición de Pobrecito Poeta que era yo, regalo de Alfredo, a quien nunca más volví a ver. Salimos sin saber qué hacer. Gina dijo que el hotel al que pensaban trasladarnos se encontraba muy lejos, era preocupante perder la comunicación. Llamó a una de sus amigas de las afueras de la capital, más arriba de Los Planes de Renderos, donde, al parecer, no se reportaban daños de importancia. Su amiga, una artista ya mayor, está encantada en recibirnos, se siente muy sola. Resolvimos comer algo, teníamos hambre, luego recoger alguna ropa en casa de Gina, llamar a otra de sus amigas para que nos traslade, irnos donde la vieja artista. Pero todo permanecía cerrado. Temor de asaltos, saqueos. Caminamos nuevamente, esta vez con maletas. Caminamos.. caminamos. Dimos con un restaurante abierto. La intuición de Gina dio resultados: ¡Las Ventanas! Los dueños dijeron que afortunadamente no sufrieron grandes daños, acabamos de abrir, solamente les ofrecemos, por ahora, una sopita de la casa. Ni hablar. Luego de un lingotazo de scotch bienvenida la sopita. Pero, terminándola nomás, se mandó la tercera ¿o la cuarta réplica? Perdidas las cuentas solamente sentía una alteración en mi pecho, la angustia de morir en cualquier momento lejos, sin que nadie se entere. Esta vez la soporté sin salir despavorido a la calle. No quise que los demás parroquianos, que empezaban a poblar la barra, se rieran de mi nerviosismo in crescendo. Cancelamos. Un tipo español que se encontraba también tomando sopa, apagando la cruda, y quien de alguna manera conocía a Gina, nos ofreció raid. No lo hicimos esperar.
Recogidos los checheres de Gina apareció Gloria, su amiga, con un auto de doble tracción. Más tarde Gina comentaría que Gloria había sido compañera de sus años de clandestinidad, lucha contra los gobiernos militares, también esposa de uno de los Comandantes de la guerrilla, ahora exitoso político, por supuesto empresario, por ello mismo, recién divorciados. Las fracturas políticas en el hogar. Pasamos a casa de una de las hijas de Gloria quien había encargado unas pizzas y leche para su bebé, desde la mañana no comían. Hubo de hacer una hora de fila, refirió Gloria. Estando allí, mientras ellas y el esposo de su hija, almorzaban, se dejó venir otra réplica. Esta vez salí corriendo hacia el patio mientras los demás degustaban pizza plácidamente. Se rieron de mi lamentable estado. Me ofusqué, me llené de rabia, pero disimulé lo más que pude. Entendí que ya no podría permanecer más tiempo bajo techo mientras no saliera de ese país.
Por el camino pudimos constatar la furia del terremoto y sus réplicas. Muros caídos, paredones espolvoreados, carros chocados, puentes en mal estado, edificios a medio caer. Subimos unas lomas, la urbanización va cediendo ante la floresta. Pequeñas casas de madera, pequeños propietarios. Aquí ciertamente hubo pocos daños. Llegamos al anochecer. La casa era enorme. Típica construcción burguesa de los 60, entre casa de veraneo, quinta y casa central de hacienda, con un amplio patio frontal resguardado por altas murallas y dos perros: un boxer y un rechoncho cocker spaniel. Nos presentaron. Johana, descendiente de una de las familias más adineradas del país, ahora divorciada y lejos de la familia (sus hijas estaban en Inglaterra flamantemente casadas) se vino a vivir a casa de sus padres, a pintar el paisaje suburbano. Me llamó la atención el amplio ventanal que daba hacia la ciudad, por el cual se percibía aun la tenue silueta de El Jabalí iluminado por el suave resplandor de la media luna. Nos ofreció algo de beber. Gloria dijo que inmediatamente se regresaba, debía acomodar los enseres de su casa, ayudar a su hija. Acepté gustoso un juancito caminante doble en las rocas. Nos acomodamos en los amplios sillones de la sala habitada por múltiples arreglos florales, souvenirs de distintos puntos del planeta: máscaras, móviles, dibujos, pinturas en miniatura, figuras de arcilla, venablos. Nuevamente una réplica: la soporté estoicamente, que la anfitriona no descubra mi pánico. Pero al servirme el segundo trago una réplica más fuerte que la anterior me hizo salir corriendo precipitadamente hacia el patio, dejando caer el vaso. Las carcajadas de Johana no se hicieron esperar. Si le aparece el fantasma de la casa este muchacho se muere. ¿Fantasma de la casa? Gina explicó: un ente habita la casa, creen que es un antepasado indígena poblador de este territorio muchos lustros atrás, yo misma lo he visto, una temporada viví aquí, cuando me separé no tenía donde ir: silueta negra con sombrero paseándose por el zaguán, pero es una compañía benigna, no hace daño, la casa mantiene una severa armonía. Más bien parece un cuidador. Ciertamente la casa irradiaba buenas vibraciones a pesar de los temblores que continuamente la sacudían. Además es una construcción muy fuerte, apostillaba Johana, en el último terremoto todos los Planes de Renderos se cayeron, pero esta quedó incólume. Vamos a continuar con el trago. Me negué diplomáticamente. Me gustaría quedarme aquí. Bueno tomemos aquí, calentaré unas pupusas.
La media luna brilla y asciende cansinamente hacia el centro de la noche. La ciudad a esa hora cubierta por una nube de polvo ya no dejaba ver el contorno de El Jabalí. Sentados alrededor de la botella, escoltados por los perros, conversando sobre el fantasma de la casa, poco a poco me fui calmando. Tengo un pucho de marihuana, ¿te gustaría? La proposición de Johana no podía ser mejor. Liamos ipso facto un puro. El escozor del humo, la suavidad del cannabis, te relajan. Me sentí mejor. Recostado sobre la hierba veía la guadaña de plata arriba, rielante en el espejo del agua. Me dejé llevar por lejanos tambores, cítaras, balalaicas. Me invitaron a entrar a la casa y accedí a probar un caldo de gallo. Las réplicas se sentían menos dramáticas, un vaivén como en una danza antigua. Gina se fue quedando dormida. Yo también. Una mujer de cabello largo y ensortijado acaricia mis muslos, besa mi plexo, baja hacia el más incandescente deseo. Sus anchos y húmedos labios enardecen mi piel. Pechos enormes acarician mi rostro, bebo de sus anchos ríos de leche y miel. Cuando súbitamente desperté, aguijoneado por el ladrido de los perros, Johana estaba en bata conversando con unas vecinas. Una de las casas campesinas cercana estaba cediendo, unos extraños se introdujeron a otra intentado robarla. Había que hacer guardia. Johana autorizó a las vecinas de la choza casi caída - curiosamente todas mujeres, dos adultas y tres niñas: el marido era policía, el yerno, soldado del ejército, había muerto en un accidente aéreo - para que pernoctaran en el amplio corredor. Decidí hacer guardia por la entrada principal acompañado de los perros solidarios con mi angustia.
Me llevé una manta y un poncho que me alcanzó Joahana. ¡Tené cuidado, no vaya a ser que te secuestren querido! Me recosté sobre la hierba. La angustia había desaparecido, igual el pánico, en su lugar se mostraba cierta inquietud subrayada por un misterioso deseo encapsulado en un vacío para nada convencional. Los perros se echaron a mi lado. Arriba las estrellas pugnaban contra nubes violáceas. Descubrí que cuando el viento se detiene, no sopla, ni una hoja se mueve, inmediatamente viene otra réplica. Era justamente después de que la brisa se sosegara. Quietud, ergo temblor. Una silueta se recostó entre mis piernas. Lanzando un grito me levanté impulsado por el resorte del terror. ¡El fantasma! Los perros también ladraron. ¡Tranquilo, ssshh, tranquilo! Gina. Uff, casi me matás. Perdón, pero no puedo dormir. ¿Te puedo acompañar? Me repuse con ligereza, con una nota medio inocente. Por supuesto, aquí se está bien. Gina se acurrucó buscando la mejor posición entre la manta y mis piernas. Muy bien. El viento caracoleaba ahora, las estrellas parecían ganar la batalla a los nubarrones. Los perros volvieron a la placidez. Obedeciendo a un atabal interior, comencé a acariciar su cabello. Necesitaba su calor. Ella respondió haciendo lo mismo con mis muslos. Suavemente fue logrando la erección. Alargó su mano, me desabrochó la faja, bajó la cremallera, luego los pantalones, acariciantes sus dedos, también bajó los calzoncillos hasta dejar al descubierto mi tenso pabellón. Con un arte milenario, sesión alucinante concentrada especialmente en besar el miembro que pugnaba por estallar en su boca, con maestría su lengua por todo el ancho y largo de mi devaneo. Miles de espasmos me sacudían. Percibía el temblor de la tierra. Cientos de terremotos. Arriba los astros también se agitaban, la media luna erizada de algas y mariposas. Estaba al borde del delirio, a punto de alzar el vuelo. De repente, a lo lejos, tras la silueta negra de El Jabalí, un resplandor extraordinario incendió la madrugada.
*Del libro de relatos inédito "El jabalí de la media luna".
** Escritor costarricense.
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